Distrito de Sucre en todo el Perú y el mundo.

Buscar en este portal

jueves, 18 de agosto de 2011

Leyenda: LA AMANTE DEL CONDOR


Por José María Arguedas.
Esta era una hermosa joven cuyos padres vivían aún. Era una jovencita de hermoso rostro.

Un día sus padres la enviaron a cuidar el ganado. Y desde entonces la mandaron diariamente a cumplir esa tarea.

Cierto día, cuando estaba vigilando el ganado, se le acercó un señor. Era un caballero elegantemente trajeado, vestido de montar. Sus pantalones le daban un aire enérgico y muy varonil; tenía grandes polainas Kkarawatunas que le protegían las piernas, como a los ganaderos de la estepa. Lucía un collar de oro ajustado al cuello; y el más hermoso chullo (Gorro tejido de lana) le cubría la cabeza.

El apuesto viajero dijo a la joven:

—Sé mi amante.
—Bueno contestó la joven.

Y la doncella recibió la palabra del viajero. Así concertaron su amor. Desde entonces, durante muchos días el joven venía a buscarla en el mismo sitio. Pero ella no informó a su padre ni a su madre de las visitas que le hacía el caballero desconocido. Sólo en el corazón guardaba su historia. Y de este modo, sin que nadie conociera su suerte, llegó a la gravidez.

El hombre vestido de viajero era el Cóndor, que tomó cierta apariencia de un caballero elegante para conquistar a la doncella. Por eso, la joven sólo veía en él a un señor, a un werakkocha Pero, encontrándose en tan grave estado, le dijo:

—He concebido un hijo tuyo. Ahora debemos irnos a tu casa o a la mía. Yo no puedo descubrir mi estado, ante mis padres; ni puedo hacer que te conozcan porque he vivido para ti sin que ellos lo supieran.

Al oír la noticia el caballero le contestó:

—Iremos a mi casa. Mañana te cargaré hasta allá. Ahora vete a tu casa. Mañana traerás tus cosas, sin que se enteren tus padres. Vendrán arreando el ganado, como todos los días.

—Bien —dijo la joven, y se marchó, bajando la montaña hacia su casa. Era el anochecer.

Silenciosamente, y llevándose todas sus cosas, la joven arreó el ganado, al amanecer, hacia la montaña donde la esperaba su amante. Furtivamente, sin que su padre ni su madre se enteraran. Y así, cargada de todos sus objetos personales, esperó en la cumbre de la montaña.

Hasta el medio día se hizo esperar el Cóndor, a esa hora apareció con su aspecto de caballero. Y preguntó a la joven:

— ¿Conque ya viniste? ¿Y te acordaste de traer todas tus cosas?

—Si aquí he venido; y he traído cuanto tenía. Entonces convinieron en irse.

—Espanta ahora el ganado hacia tu casa. Tus padres verán las bestias y las arrearán. ¡Anda ligero! Haz lo que te he dicho, y vuelve en seguida —ordenó el Cóndor.

La joven obedeció, corrió hacia el ganado y lo llevó hasta la falda del cerro, ante la vista de su hogar paterno; allí espantó a las bestias y volvió corriendo. Apenas llegó, le dijo el Cóndor:

—Ahora voy a cargarte.

La condujo hasta unas rocas, y allí le advirtió:

—No has de abrir los ojos, los cerrarás duramente. Si los abrieras te soltaría.

Y así cerrando duramente los ojos, la joven se echó sobre las espaldas de su amante. Entonces el Cóndor alzó el vuelo. Ella no veía nada; sólo oía como el galope del viento sobre unas grandes alas. No sentía nada que pudiera hacerle pensar que caminaba. Pero ya habían subido muy alto por los aires. Ahora sólo percibía un suave balanceo, como si recordar que su amante flotaba en el sueño.

Y volaban, volaban por los cielos. Al caer de la tarde, llegaron a un espantable abismo de rocas. Allí tenía el Cóndor su guarida. Cuando el amante descargó a la joven, y ésta abrió los ojos, se encontró en una cueva solitaria. Miró hacia arriba y vio que la cumbre estaba leja­na, sobre un precipicio de granito; cuando contempló el fondo de la quebrada vio que era, un abismo oscuro, una hondura negra y silenciosa, pesada de horror.

Viéndose sola a la entrada de la cueva, en tal sitio, lloró:

— ¡A que habré venido! —decía.

No había sino huesos semidescarnados y trozos de carne desparramada en el interior de la cueva. Allí durmieron.

A la mañana siguiente le dijo el Cóndor:

—Espérame sentada, aquí mismo.

Emprendió el vuelo y se fue.

Abandonada, en el gran silencio, ella lloró inconsolablemente. No tenía ni qué cocinar, ni qué comer en esa cueva. Y tuvo que quedarse sentada, esperando.

— ¡Qué será de mí! ¡De saber esto, no habría venido nunca! —decía.

Muy al atardecer del día llegó el Cóndor trayendo carne; y tuvo que cocinar. Cerca de la cueva había una pequeña corriente de agua; caía en un chorro cristalino y formaba en las rocas una fuente muy limpia. De allí sacaba agua la amante del Cóndor.

Y todos los días transcurrían iguales. El Cóndor so• lía irse siempre; muchas veces tardaba tres o cuatro días en volver, entonces traía carne de animales muertos, carne descompuesta.

Llorando vivía la joven. Hasta que dio a luz. Lavaba los pañuelos y la ropa del niño en la pequeña fuente, al pie del chorro cristalino. Cocinaba la carne que traía el Cóndor; y ciertos días no tenía ni aún los restos de animales muertos que le traía su amante.

Mientras tanto los padres de la joven también lloraban.

— ¡Qué habrá sido de nuestra hija! ¡Dónde, dónde habrá ido! —decían.

Nadie sabía que ese viajero, el Cóndor, la había raptado.

—La tierra debe habérsela llevado; o es que alguien la ha perdido —se lamentaban los padres; y lloraban.

Hasta que un día, cuando la madre estaba sollozando tras la huerta de su casa, apareció un Picaflor (kkenti); empezó a dar vueltas alrededor de su cabeza:

¡Reúú volador, reú... kkenti picaflor!
La hija de quién estará llorando sobre las rocas,
la hija de quién estará llorando sobre las rocas.

Cantaba, y volvía y tornaba. Entonces la mujer le contestó:

—Picaflor: nadie sabe cómo y cuánto estoy de llanto y de pena por mi hija; y tú me vienes con esos cuentos.

Y levantando una piedra la arrojó sobre el Picaflor y le rompió una de sus patitas. Ya herido, el Picaflor se fue volando por encima de los techos.

Así, siempre entristecida y llorando, la madre esperaba a su hija. Y volvió el Picaflor nuevamente. Dándole vueltas cantó:

la hija de quién estará llorando sobre las rocas

¡Reúú volador, reúú… kkenti picaflor!
la hija de quién de quién estará llorando sobre las rocas

Entonces la mujer pensó: "Tal vez sepa donde se encuentra mi hija". Y le preguntó en voz alta:

Picaflor, Picaflor de esmeralda ¿Acaso sabes tú en qué lugar se encuentra mi hija?

El Picaflor le contestó:

— ¡Claro que sé donde se encuentra! ¡No me hubieras roto mi patita! Pero si me curaras con chancaca y me regalaras golosinas, te contaría.

—Te daré lo que me pides, te daré chancaca para que cures tu patita rota.

La mujer compró chancaca y algunos dulces, y los puso sobre una piedra. El Picaflor esmeralda voló hasta la piedra, bebió los dulces; se curó la patita con la chancaca y se la amarró con una venda. Luego habló:

—Tu hija está llorando en tinas rocas altas, sobre el precipicio.

—Tráemela, Picaflor, cárgamela hasta aquí —le rogó la mujer.

Si me das más golosinas yo te la cargaré mañana, te la traeré —le contestó el Kkenti.

—Si Picaflor, te daré mucha miel, hasta que te hartes, le ofreció la madre.

—Muy bien. Iré ahora mismo.

Y diciendo esto se fue volando por encima de los techos.

Voló hasta la gran cueva, y estuvo esperando que se marchara el Cóndor. Y el Colador zarpó; su cuerpo negro se perdió en el lejano cielo. Cuando desapareció el Cóndor, el Picaflor voló hacia la joven, cantando:

Reu volador, reu Kkenti picaflor,
la madre de quién, el padre de quién
estará llorando en su casa desolada.

Y volvía y tornaba:

¡La madre de quién el padre de quién llorará!
Picaflor salva a mi hija, rogando.
Si tú quisieras, si tú quisieras,
yo, Picaflor volador, reu Kkenti volador
te cargaría, te llevaría.

Y volaba, dando vueltas sobre el abismo, junto a la cueva.

Entonces la joven le habló:

—Picaflor esmeralda ¡sálvame! ¿No serías capaz de cargarme hasta la casa de mis padres?

Sí, yo te salvaré; tendré que cargarte, a ti y a tu hijo.

¡Anda! Alístate rápido.
Kkenti picaflor

La joven amante hizo un pequeño atado con sus cosas y se lo echó a la espalda; sobre el atado llevaba a su hijo. El Picaflor alzó el vuelo cargando a la muchacha y al niño. Llegó a la casa de los padres y cantó sobre los techos:

¡Reu volador reu Kkenti picaflor
estoy llegando con tu hija!

— ¡Picaflor esmeralda, gran Picaflor! ¡Me trajiste a mi hija! —llamaron los padres. Y le dieron dulces y miel.

—Encerrad a vuestra hija. Ha de venir vuestro yerno. No permitiréis que la vea. Encerradla junto con su hijo —ordenó el Picaflor—. Mañana volveré, antes que llegue el Cóndor. Vendré a darles noticias.

—Haremos lo que mandes —dijeron los padres.

Encerraron a la joven. Y le pidieron que les contara cómo y dónde había vivido, cómo y con quién había andado, y cómo y de qué modo había tenido su hijo. Ella les confesó todo: "Un señor me engañó y me llevó a su casa; allí me tuvo, y allí di a luz esta criatura. Fue el Cóndor que tomando la apariencia de un señor me sedujo y me cargó hasta su guarida. El es el padre de mi hijo"

Entre tanto, el Picaflor voló nuevamente hasta la cueva del Cóndor. Buscó a la Rana que habitaba en la fuente cristalina de las rocas, y le dijo:

—Cuando llegue el gran Cóndor, tú te convertirás en mujer, y a la orilla de la fuente harás como que lavas las ropas de su hijo.

—Bien —dijo la Rana.

Y como la Rana aceptara el encargo, el Picaflor siguió instruyéndola:

—Apenas llegue, él te preguntará: "Qué haces allí?", y tú le contestarás "Estoy lavando", entonces él te dirá: "¡Apúrate, apúrate! Y cuando te pregunte: "¿Ya acabaste de lavar?", tú le contestarás: "Aún no, todavía no" Y cuando te llame: " Ven de prisa, ven rápido", tú te su­mergirás en el agua. Te esconderás y no volverás a salir".

Luego que dijo esto, el Picaflor saltó sobre las peñas y la Rana se -convirtió en mujer.

La mujer se puso a lavar. El Cóndor ya venía. El Picaflor vigilaba desde las peñas, oculto en un hueco de las rocas. La Rana parecía muy afanada, lavando y lavando. el Cóndor se posó cerca de la fuente. "¿Qué estás haciendo?", preguntó a la mujer. "Todavía estoy lavando, mi señor", contestó. Apúrate, apúrate, dijo el cóndor, "Sí", respondió la mujer.

El Cóndor se dirigió a su guarida y entró a la cueva. La examinó por todos los rincones y no encontró su hijo. Entonces piensa: "¿Y dónde habrá llevado al niño?". 'Sale y pregunta en voz alta a su mujer:

‑‑ ¿Dónde está el niño?

—Allí debe estar —le contesta.

— ¡Apúrate, apúrate! He traído carne, ven a cocinarla

—Ahora mismo, en seguida —contesta la mujer. — ¡Ya, ya! —grita el Cóndor con toda su voz, y levanta el pescuezo para atisbar.

— ¡Ya, ya! —vuelve a llamar.

—Apenas empiezo a lavar, — le contesta la mujer. El Cóndor da un salto en el aire y grita:

— ¡Te voy a patear!

La Rana se sumerge en el agua, su cuerpo produce ruido en la fuente cristalina. No queda en la orilla ni ropas de niño ni pañales; sólo queda una piedra pequeña. Pero los ojos del Cóndor habían visto a la mujer lavando.

Inmóviles, los ojos del Cóndor miraban la fuente. "¡Ya volverá, va volverá!", decía. Pero nada apareció en el agua. El Picaflor vigilaba atentamente al Cóndor desde su escondite.

Al verlo perplejo y confundido, le cantó:

¡Jajaulla! ¡Reúú Kkenti, yo soy Picaflor volador!
¡Qué bobo, qué bobo habías sido!

El Cóndor contestó enfurecido:

¡Reúú volador, reúú volador! ¡Jajaulla!
Tu mujer ya está en su casa, ya está en S-U- pueblo

¡Ajaujaulla! ¡Jajaullal

—Tú la has cargado, tú has raptado a mi mujer. ¡Ahora voy, ahora voy! Voy a tragarte entero, voy a engullirte.

— ¡Jajay! ¡Qué Picaflor podría cargar una mujer!

Cantando el Picaflor desapareció en el aire. El Cóndor voló tras él. Lo persigue, trata de rodearlo, da vueltas, da vueltas, pero no logra atraparlo; el Picaflor se escabulle y desaparece. Y como no puede alcanzar al Picaflor, como se le escapa, el Cóndor vuela hacia la casa de su mujer.

Llega a la puerta convertido en un caballero elegante y hermoso. Un cordón de oro le adorna el cuello; sus patas escamosas y sucias están cubiertas por grandes polainas brillantes. Entra a la casa, hablando:

—Mi señor, mi señora, permitidme que pase. Si ha vuelto vuestra hija, devolvédmela que es mía.

—No señor. Nadie ha venido aquí, nadie ha llegado a nuestra casa —le contesta la madre.
Entonces el Cóndor se marcha, cavilando.

Al día siguiente volvió el Picaflor a la casa de la amante

—Ha de ser difícil salvar a tu hija —dijo a la madre. Mañana también vendrá tu yerno. Pero mañana harás hervir agua, y llenarás un tinajón con agua hervida, hasta los bordes. Cuando esté llegando tu yerno a la puerta de la casa, tú ya estarás tapando el tinajón con una manta. Y ahora, obséquiame un ajicito. Ya volveré.

Recibió el ají y se fue.

El Cóndor buscaba en el cielo al Picaflor. El Picaflor volaba hacia la cueva del Cóndor llevando el ají. Se encontraron en el camino. El Cóndor le gritó:

— ¡Ahora sí! ¡Te voy a comer!

Y lo persiguió, dando vueltas, dando vueltas alrededor del Picaflor, para atraparlo. Así llegaron hasta los grandes precipicios de roca. El Picaflor cruzó el aire y se introdujo en un pequeño hueco de las peñas, en un hueco muy chiquito. Entonces el Cóndor metió el pico lo más hondo que pudo: "Voy a sacarlo", decía. Pero no lo alcanzó.

— ¡Sal Picaflor! ¡Sal pronto! —le gritaba desde afuera.

Ahora mismo, ahora mismo, mi gran señor. Espérame un instante, acabaré de calzarme las medias —le contestó el Picaflor.

El Cóndor esperaba, con el pico semi abierto, preparado ya para engullirse el bocado. El Picaflor le habló desde su escondite:

— ¡Ahora mismo, ahora mismo! ¡Ya estoy por salir! Abre el pico, y también el ano; ambas cosas, gran señor.

El Cóndor abrió más el pico; y así, con la boca dilatada, esperaba. El Picaflor salió, de pronto; se introdujo en la boca del Cóndor, y deslizándose por el gargüero, escapó por el ano. Y voló raudamente, perdiéndose en el aire. El Cóndor se quedó aturdido. "Debí mascarlo, ¿cómo es posible que se me haya escurrido así, de un tirón?" se lamentaba. Y emprendió el vuelo, persiguiendo nuevamente al Picaflor. "Tengo que mascarlo", decía.

—Y buscando, buscando en las alturas, lo pudo alcanzar.

— ¡Con que hasta aquí llegaste!, ¡Ahora sí! No has de escapar. Ahora mismo voy a comerte.

— ¡Claro, claro! ¡Quién te dice! Me has de comer —contestaba el Picaflor, pero seguía volando y escapando, El Cóndor le daba vueltas, lo seguía, lo rodeaba. Así lo llevó hasta las peñas. Nuevamente el Picaflor se metió en un pequeño hueco de las rocas.

— ¿Dónde te has metido?¡Sal, que de todos modos te he de comer! —gritaba el Cóndor.

—Ahora mismo, ahora mismo, gran señor! Yo no me opongo a que me comas. Sí, me has de comer, mi señor. Espérame un instante. Voy a moler un poco de ajicito para lamer.

— ¡Ya, ya! ¡Pronto! —llamaba el Cóndor; y miraba, vigilante, la salida del hueco.

—¡Ay madrecita... takk… takk… takk!... ¡Ay padrecito… takk… takk… takk!

El Picaflor molía el ají en el interior del hueco; molía afanosamente. Y le dijo al Cóndor:

—Me puedo escapar; mira que me puedo escapar; abre bien los ojos, señor Cóndor; ábrelos grande, y mírame bien, no dejes de mirar.

El Cóndor abrió los ojos; y así, con las pupilas grandes, vigilaba el hueco. En ese instante, el Picaflor le arrojó violentamente ají molido en los ojos; y -después de haber cerrado los ojos del Cóndor con el ají candente, se fue volando a la casa de la joven amante. Mientras tanto, el Cóndor se revolcaba en el aire, restregándose los ojos; y así estuvo, estremeciéndose, durante mucho rato.

El Picaflor llegó a la casa de la joven. Llamó a la madre:

¡Reúú volador reu Kkenti Picaflor! —Cantó— ¿Qué puedes decir, qué vas a decir? ¡He quemado con ají los ojos de tu yerno! Ahora ha de hervir el agua que te dije. Ya viene tu yerno, ya viene! Es hora de matarlo. Ahora lo matarás. Que el agua salte en los bordes del tinajón. Y taparás el agua con muchas prendas. Cuando llegue tu yerno te ha de preguntar: "Aquí debe estar tu hija, sé que ha venido". Tú le contestarás: "No he visto a mi hija, señor mío". Pero seguirá preguntando: "¿Dónde está tu hija, dónde está? 'Tienes que entregármela". Entonces le dirás: "Entre señor, descanse un rato, tome asiento bajo la sombra de mi techo". Y le invitarás a que pase, lo guiarás. Y cuando esté por sentarse en el poyo, tú le llevarás hasta el tinajón y lo dejarás que sobre él se siente, porque así lo hará. Y cuando caiga en el tinajón, con un gran palo lo ayudarás a hundirse; y aún le echarás agua hervida sobre el cuerpo. Y allí ahogarás al marido de tu hija. Como a una gallina allí lo pelarás. Recuerda que al entrar el Cóndor no debe ver a tu hija, de ningún modo. ¡Ya viene, ya viene! Pon ya el agua a hervir —dijo el Picaflor, y se fue.

La mujer obedeció al pajarillo. Llenó un tinajón con agua hirviente. Luego cubrió el depósito con una manta. Y el tinajón parecía un cómodo asiento. En ese momento el Cóndor entraba a la casa. Y era verdad, tenía los ojos irritados, rojos y encendidos. Pero estaba altivo, fastuoso y elegante.

—Permitidme que entre, que os visite —dijo— ¿Ha llegado ya vuestra hija? ¿Ya sabéis que se vino? —preguntó.

—No señor. Ninguna hija mía ha vuelto a esta casa, ni ha llegado —contestó ella.

— ¡No! —Insistió el Cóndor— ¡Aquí está! ¡Sé que ha llegado! —exigió. La hizo responsable.

La mujer accedió amablemente y le dijo:

—Sí, mi señor. Es cierto. Ahora mismo voy a entregársela. Pero pasad aún, descansad y sentaos un instante — y diciendo esto, lo guió hasta la habitación. Y el Cóndor entró a la casa.

—Así lo condujo hasta el tinajón, y le dijo: —Tomad asiento en este humilde poyo, sobre esta manta.

El Cóndor se sentó. Se hundió en el tinajón; su cuerpo sonó en el agua. Entonces la mujer lo empujó aún más con un gran palo; lo rellenó en el fondo del tinajón. Y le echó encima varios cántaros de agua hirviendo. El Cóndor era ya como una pobre gallina, ya ni sus plumas eran plumas. El cuerpo pelado y blanquecino; sus piernas, sus alas, su cuello y la barriga implu­mes; parecía un gallo viejo desnudo. Su aspecto de gran señor sólo había sido apariencia. Sin embargo, fue un cóndor verdadero.

Los padres, la hija y el nieto podían vivir ahora juntos y tranquilos. Su angustia y sus penas se convirtieron en alegría, en verdadera felicidad. Y de este modo, aún hasta hoy, perdura esa alegría en un pueblo muy lejano.

De Leyendas y Cuentos Peruanos.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

 

©2009 Asociación Movimiento de Unidad Sucrense - "MUS" | Template Blue by TNB